Susana y los viejos. Francesco Hayez.

Es este romántico italiano del XIX quién me robó el aliento una tarde de mayo. Francesco Hayez, con pincelada neoclásica y mirada transgresora. Fue mientras deambulaba por la National Gallery, absorta en las figuras de grandes dimensiones cuando una mirada penetrante, inquisidora, me llamó la atención. Una mirada que me siguió más allá de las paredes y las pinturas.

Susana en el baño

Susana en el baño – Francesco Hayez

Hayez, conocido sobre todo por sus obras históricas o literarias y para mí como el autor de “El beso“, me sorprendió con esta obra que no conocía pero que al instante me captó. Es esta versión de Susana y los Viejos, una historia, para quien no la conozca, del Antiguo Testamento. Susana, una hermosa y joven mujer judía, es espiada por dos ancianos jueces que solían frecuentar su casa, mientras toma el baño en su jardín. Tras espiarla, intentan abusar de ella y la amenazan, pero ella logra oponerse. Los ancianos la acusan de adulterio y ella roga a Dios por justicia, con lo que logra salvarse de la condena a muerte por una acción divina.

Esta historia, muy utilizada en la historia del arte, llama la atención por las diferentes formas de abordar el tema. Según Mary D. Garrard[1], es curioso que una historia bíblica destinada a ensalzar la castidad femenina se haya transformado, en la tradición iconográfica occidental, en una escena de franca sensualidad <…> se recrean en el episodio del baño, haciendo hincapié en el disfrute salaz de los viejos y en la exuberancia del cuerpo de Susana.

Se podrían dividir básicamente en tres, las formas de representación de esta misma escena: Susana en el baño, consciente de su seducción y aceptando las caricias de los ancianos; Susana en el baño acicalándose y ajena de lo que pasa a su alrededor (de éstas son la obra de Tintoretto y Guercino); y Susana violentada por los ancianos (la obra de Artemisia como Paradigma de esta versión, en la que el centro de la acción no es el disfrute de los ancianos, sino la reacción de Susana frente a la agresión):

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Guercino

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Tintoretto

Tintoretto

Tintoretto

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Artemisia – Susana siendo acosada y amenazada por los viejos

Susana y los viejos

Rubens – Susana a punto de ser asaltada por los viejos

Desconozco el porqué exacto de la elección de Hayez de esta escena, en la que se encuentra Susana sola tras el baño. Ya sea por su gusto por los semidesnudos o por el encargo ajeno, no puedo sino admirar su elección, ese momento de acicalamiento personal tras el baño, un momento que debería resultar íntimo pero que no lo es. ¿Por qué no dibuja a los ancianos? Porque no le hace falta. Ya tiene voyeurs: los espectadores. Echad de nuevo un vistazo a la obra.

La desnudez dice el estado de carencia, la privación, la indigencia (“desnudo como lo trajeron a uno al mundo”): me da “vergüenza”, produce “lástima”. En cambio, en el desnudo, la desnudez queda olvidada, su sentimiento se invierte convirtiéndose en plenitud, el desnudo lleva la presencia al súmmum, se da a contemplar[2].

Susana ya no es esa mujer judía y temerosa de Dios, que muestra su desnudez inconscientemente y es utilizada por decisiones de terceros, pero tampoco es una mujer que se exhibe conscientemente para seducir al que mira. Es una mujer de mirada fuerte, voy a atreverme a llamarla “moderna”, de seguridad. No se exhibe, pero no se esconde, no se avergüenza. Es desafiante. Y con la mirada, como decía, nos introduce en la obra. Nos convierte en esos viejos que la miraban con deseo, convirtiendo ese deseo en anhelo por descubrir quién es y qué la ha llevado hasta ahí. A través de esa pequeña abertura lateral, nos sitúa en una especie de bosque y sabemos que es un exterior, y a la vez, ella no está fuera, sino dentro y nosotros con ella en ese espacio íntimo que nos deja compartir. Nos deja, porque ahora es Susana quién tiene el poder.

Un relato bíblico, un recurso iconográfico, una excusa de representación pictórica. Qué más da. Esta Susanna de Hayez es de esas obras especiales que hay que ver en persona, porque ni las mejores fotografías le hacen justicia. Porque las fotografías lo que hacen con esta obra es, como creen algunas tribus, robar el alma.


[1] Patricia Mayayo – Historias de mujeres, historias del arte. Pág 32.

[2] François Jullien. De la esencia o del desnudo. Pág. 15

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