Ocultismo, alquimia y El Escorial

Tengo la tonta manía de obligarme a no seguir mis impulsos, a capar mis instintos por miedo a parecer ridícula de tanta espiritualidad, a olvidarme de que no soy sólo cuerpo y centrarme en lo más funcional y racional para mí. Que es eso lo que al final importa, tener una hipoteca, un coche, comprar muchos zapatos o poder contar en un artículo por palabras el drama que me creó que un camarero desparramase una copa de vino blanco sobre mi bolso de Gucci. Que no hay nada más que eso y que las demás sensaciones son bobas, tontas y Beatriz por favor, céntrate en las cosas que son y no en interpretaciones intangibles.

Pero luego pasan esas otras cosas, incluso cuando quieres no hacerlas caso, esas cosas que dices “ya lo sabía” sin poder explicar porqué, las buenas y malas vibraciones -por llamarlas de algún modo- que recibes de alguien o de algo y que con el tiempo se cumplen, las cosas que simplemente sabes y que son cristalinas para ti incluso antes de que lleguen a pasar, porque sabes -perfectamente- que sí van a pasar. Incluso los sueños llamados premonitorios, que intentas dejarlos como simples anécdotas hasta que pasa exactamente lo que has soñado. Entonces te queda una de dos, sacudir la cabeza, sonreírte a ti mismo y seguir viviendo, u obsesionarte con lo que puedes o no puedes saber. Dèjá vu o fallos de Matrix, qué más da.

Lo más curioso de todo esto es que estas creencias son ridículas o no, dependiendo del grado que lleven de religiosidad, siendo comúnmente aceptadas si pertenecen a creencias mayoritarias. Siempre y cuando, claro, no se salgan de la lógica ilógica establecida. ¿Hablar con Dios? Es aceptable. ¿Que Dios te hable? Es locura. No soy una persona religiosa, así que es sólo un ejemplo amplio para que lo comprendamos todos. También es muy curioso el hecho de que lo intangible -por llamarlo de alguna forma- siempre ha estado presente en el ser humano. Creo que es por todos conocido la obsesión que tenía Hitler por el ocultismo, o los gabinetes de curiosidades y la obsesión por la alquimia del siglo XVI. De hecho, al escuchar el otro día la noticia de la exposición “De El Bosco a Tiziano, Arte y Maravilla en El Escorial” no pude más que recordar a Felipe II, la simbología de El Escorial y que se me acabaron las pilas del audioguía a mitad del camino la última vez que lo visité.

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Grabado de Pedro Perret sobre un dibujo de Juan de Herrera – 1587

¿Qué sabemos nosotros de El Escorial? Lo primero lo que nos enseñan de niños, que tiene forma de parrilla porque está dedicado a San Lorenzo, que murió en una parrilla.

¿Qué sabemos de Felipe II? Lo que sabemos, lo que estudiamos, lo que nos dicen, se puede reducir en aquella frase de “en cuyos dominios no se pone el sol”. Sabemos que era religioso, pero lo que generalmente no cuentan es que tenía tanto de religioso como de ocultista -esa afición suya a la alquimia-, porque Felipe II es un príncipe manierista de manual. ¿De qué forma si no se explica que fuese un gran seguidor de El Bosco cuando se salía de la rigurosidad de la ortodoxia cristiana?

El Escorial es ese edificio que no debes dejar de visitar con actitud curiosa y ojos ávidos. Es un reflejo de la personalidad de este rey que no sólo tenía esa parte terrenal que es la que estudiamos en los libros de historia, sino otro lado mucho más esotérico que hace que los edificios no sólo sean bloques de piedra y argamasa, que un cuadro no sólo sea aceite y pigmentos, o que un retrato consiga reflejar algo más que el color de los ojos o la carnosidad de una boca.

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Es este ejemplo de curiosidades que nos hacen plantear que no sólo somos un número en una cadena de montaje. ¿Qué hay de particular aquí? El Escorial es también un templo de la sabiduría. Un centro simbólico del saber. La entrada la hacemos bajo la biblioteca, y nos deja a un lado el conjunto monástico y al otro la escuela: fe y laicismo, teología y filosofía, siendo la biblioteca, el conocimiento adquirido la que une esos dos mundos. Puerta que nos hace llegar hasta el patio de los reyes, antesala del templo, por lo que a través del conocimiento podemos llegar a Dios. Entramos en la Iglesia y llegamos al Panteón de los Reyes, los representantes de Dios en la tierra. Tras el templo la residencia real. Ciencia, fe y monarquía. Todo junto y simbólicamente unido, porque hay significado más allá de lo que ven nuestros ojos, ya sea en el siglo XVI o en el siglo XXI, aunque nos intenten enseñar una y otra vez que sólo tienen importancia las cosas materiales, que nos medimos por los objetos que logramos acumular y que más es mejor, en este mundo donde todo se compra y se vende.

Así llego yo de un pensamiento a otro, a saltos de recuerdos, por sinestesia cuando veo un color y me viene a la boca el sabor de algo que he comido o por asociaciones mentales tan estrambóticas que es difícil a veces seguirme el ritmo. Es así como os hablo de El Escorial bajo una reflexión traída por la lluvia de otoño, la caída de hojas y dos horas semanales de Hatha Yoga.

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