Reportaje: MNCARS. Otras Voces.


De la idea hospitalaria de Felipe II a la dirección cultural de Manuel Borja-Villel. De los madrileños a los turistas japoneses que miran embelesados. El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS) contiene historias entre sus paredes que hasta hoy no habían sido contadas. ¿Te atreves a escucharlas?

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Desde la estación de Atocha, entre las frenéticas idas y venidas de los coches que cruzan de Arganzuela a Recoletos, sus paredes casi pasan desapercibidas. Los ojos de los turistas se pierden en buscar en el mapa lo que se esconde justo frente a sus ojos. Y es entonces, al levantar la mirada, cuando el edificio les saluda hierático en su estructura, apareciendo como por arte de magia ante ellos, mientras dos ascensores transparentes –encajados en sendas torres de vidrio- se deslizan sobre su fachada principal, acoplándose a ésta como si hubiesen nacido a la vez. “A veces nos tiran un poco de los pilares, cuando se sube mucha gente, pero en general es como un suave hormigueo. Con los años nos hemos acostumbrado”. Nos confiesan los muros de este edificio, que se adaptan con facilidad a los cambios, a pesar de que nacieron con los modales del siglo XVI.

Se colocó la primera piedra de este edificio en 1596, pero ha sido modificado a lo largo de los siglos, pasando por arquitectos tan reconocidos en nombre como José de Hermosilla o por Francisco Sabatini, arquitecto de Carlos III. Identificado por todos ahora como Museo de Arte Contemporáneo, guarda entre sus paredes la historia de Madrid y de sus gentes, aunque el edificio no tarda en reconocer que él siempre se ha visto como el Hospital Provincial de Atocha y que aún no se ha acostumbrado a eso que llaman “arte moderno”.

Y es que nos acercamos a este edificio de manera diferente, dejando que hablen sus paredes y sus habitantes, para que nos cuenten su historia fuera de las versiones oficiales. En este primer acercamiento tenemos el placer de conversar con Sor Cecilia, una hermana de la congregación de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, antigua trabajadora del Hospital Provincial de Madrid, que murió entre estas paredes y aún vaga entre ellas porque dice estar segura de que algún día volverá a ser hospital y necesitarán su ayuda de nuevo. Sólo algunos guardas de seguridad y una señora de la limpieza la han visto, pero es que cree que en la discreción, está la virtud.

Felipe II quería reunificar todos los hospitales que su padre, Carlos I, había dejado que se dispersasen por Madrid” está muy segura de lo que dice, puesto que las horas que no dedicaba a cuidar enfermos las pasaba estudiando la historia del edificio “Por eso creó la beneficencia hospitalaria para atender a los pobres de Madrid”. Y de ahí a Hospital General y más tarde Hospital Provincial. Cambios de nomenclaturas, ampliaciones de salas. Tantos siglos dedicado a la salud que Sor Cecilia aún no da crédito a lo que contemplan sus transparentes retinas por las paredes. “Somos más bonitos ahora” reconocen algunos tabiques, pero no convencen a esta ruda monja de pensamiento fijo.

Solamente se ablanda un poco su gesto cuando le preguntamos por el día que llegó El Guernica, que reside ahora en la sala numerada como 206, donde reposa bajo la mirada diaria de miles de turistas. Las figuras del cuadro miran con atención y se sonríen –o eso parece al menos, bajo sus sufridos gestos faciales- compartiendo con la tosquedad de Sor Cecilia los recuerdos de aquel día de 1992, cuando Felipe González aún estaba en el poder y el espíritu deportivo hervía a fuego en Barcelona.

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Nos cuenta que María estaba nerviosa, refiriéndose a María Corral, directora del museo de 1991 a 1994, y que llevaba notándoselo mucho días, puesto que generalmente no le llaman la atención para bien los pelirrojos, “creo que es porque están más cerca del demonio que de Dios, pero esta mujer era buena” y añade un “qué habrá sido de ella” totalmente sincero. “Además, se llama María, ninguna mujer que lleve el nombre de nuestra Señora puede ser malvada”.

Sor Cecilia se enfrasca en un discurso consigo misma, en el que habla de que bailar chotis ya no es considerado pecado, que las rosquillas tontas le gustan más que las listas, y que era costumbre ir hasta las colinas de Vallecas a recoger aquellas hierbas que aliviaban el dolor a los pacientes de la sala de infecciosos. Esperamos un tiempo prudencial a que vuelva a coger el hilo de lo que estaba contando. Para los fantasmas el tiempo no corre de la misma forma como para los humanos, así que nos armamos de paciencia.

Ese día todo el mundo corría de un lado para otro” Y es que aunque el recorrido que tenía que hacer la obra no era muy largo –apenas cruzando la carretera, desde el Museo del Prado-, Madrid estuvo a punto de paralizarse por completo. “Recuerdo los fotógrafos, agolpándose a la entrada del edificio. A los políticos, sonrientes. La enorme algarabía que se creó, no pudimos estar tranquilos ni aquella noche, no sé cuantas personas quedaron vigilando la sala, pero hasta me dio apuro hacer mi ronda nocturna. Tardé en presentarme debidamente a las figuras, lo reconozco”.

Cuando Sor Cecilia habla del Guernica mira a las pinturas de frente y cruza las manos delante de su pecho “Puedo decir que al principio no me pareció muy decente que una obra de ‘rojos’ entrase aquí, con toda esa opulencia. Pero con el tiempo me he dado cuenta de que esta obra ha hecho de mi hospital algo de lo que estar orgullosa.” Y es que, aunque el 26 de mayo de 1986 se inauguró oficialmente el Centro de Arte Reina Sofía, no fue hasta los años noventa, con el notable incremento de sus obras, cuando sus salas se organizaron con un sentido acorde a lo que el edificio ahora representa, inaugurándose la colección permanente en 1992. Por eso fue en ese momento, una vez constituido y teniendo como objetivo “difundir el arte contemporáneo, fomentar la creación artística y favorecer la comunicación con el movimiento creativo internacional” cuando se decidió que El Guernica, que se había instalado en un principio en el Museo del Prado a su llegada en 1981, se trasladase a un entorno que destacase su importancia estética e histórica, en lo que era ya Museo Nacional de arte contemporáneo.

Sor Cecilia se disculpa con nosotros porque aún no ha rezado las completas, (algo sobre seguir las costumbres monásticas, murmulla). Así que desaparece deslizándose sigilosamente, usando como salida la pared en vez de la puerta.

Lo que posiblemente Sor Cecilia no sepa, es que la llegada de El Guernica supuso realmente un reconocimiento pleno de la España democrática, ya que Picasso había dejado por escrito que la obra de El Guernica no volviese a España hasta que no hubiese libertad política. En realidad, no quería que volviésemos a España hasta que no se estableciese la República, hecho que nunca sucedió, por lo que costó mucho que regresásemos”. Es la mujer que corre despavorida de la derecha del cuadro quien puntualiza cuando mencionamos la importancia política de la obra, así que empezamos a preguntarle a ella directamente.

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¿Qué representa en realidad esta obra?

Nosotros representamos el horror de la guerra, la lucha absurda, la pérdida de los seres queridos. Fuimos el preámbulo de una guerra mucho mayor –la II Guerra Mundial- y símbolo de ese dolor de los indefensos que sufren la guerra a pie de calle. Pero luego ha habido muchas teorías sobre nosotros, ¿sabes? Más o menos acertadas, creo yo, pero estamos bastante contentos con la que Juan Larrea hizo en 1947. Dijo que mi compañera de aquí arriba que se está quemando representaría la población civil indefensa, la que sale de la ventana es el resto de la humanidad que contempla con horror lo que ocurre, el quinqué, la necesidad de contar a todo el mundo lo que está pasando, mi compañera con su niño en brazos el dolor psíquico, nuestro valiente soldado representaría la muerte de quien lucha por unos ideales, el caballo a la población y el toro al fascismo. Y yo represento lo único que puede hacer la población, que es huir..

Ya veis que todos surgimos en base a la misma idea.

¿Qué relación tenía Picasso con la política?

Pues en realidad, y frente a la creencia de algunos que escuchamos que Picasso era un pintor político, hasta la guerra civil no se había preocupado mucho por la política. Es más, diría que ni siquiera cuando le pidieron que pintara una obra para el Pabellón de París que representase lo que estaba viviendo España, estaba pensando mucho en la política. Aunque por supuesto, como hombre de mundo que era, no era ajeno a lo que sucedía a su alrededor, y tenía sus creencias ideológicas como otros. Así que cuando vio una foto del bombardeo de la villa de Guernica en Le Monde, no lo dudó y nos hizo existir.

¿Por qué dice que no pensaba mucho en política?

Por su vida en aquel momento. Se estaba divorciando de su primera mujer, Olga. Pero vivía al mismo tiempo con María Teresa, con quien acababa de tener a su hija Maya, y tenía además como amante a Dora Maar, la autora de esas fotos tan bonitas que están justo detrás de ti, y delante de nosotros todo el tiempo, recordándonos cómo fuimos concebidos. (Se refiere a las fotografías que Dora Maar hizo al proceso de creación de la obra y que están expuestas en la misma sala que El Guernica). Se pasaba horas hablando de ello mientras nos creaba, qué hacer, qué decisión tomar, si sería un buen padre. Cuestiones que hemos visto que siempre os planteáis los humanos.

¿Cómo vivieron los siguientes años a la Exposición Internacional de 1937?

Muy caóticos –esta vez es la madre con el niño en brazos quién se lanza a hablar-. Tras la clausura del pabellón nos llevaron a Noruega, de ahí a Inglaterra. Al final terminamos en Nueva York para una exposición que hacían conmemorativa sobre la pintura de Pablo. Se suponía que iba a ser temporal, pero los republicanos perdieron la guerra y no pudimos volver. Fuimos otro exiliado más, pensamos durante muchos años que no veríamos nunca España, esa por la que fuimos representados. Nos pintó en París, así que nos emocionamos mucho al volver a casa, aunque nunca hubiésemos estado aquí.

Y es que en el MoMA estuvimos muy bien acogidos, pero no era nuestro lugar. No queremos despreciar todo lo que hicieron por nosotros, de hecho estábamos cerca de Las señoritas de Avignon y compartimos con ellas muchas anécdotas de Pablo, entre ellas la forma que tenía de mirar mientras pintaba, cómo nos traspasaba con la mirada a través de esos ojos brillantes y curiosos, siempre viendo todo en conjunto incluso cuando no éramos más de un par de líneas.

Así que cuando aquella fresca mañana del 10 de septiembre nos instalaron en el Museo del Prado, estábamos realmente nerviosos. Siempre supimos que íbamos a causar mucha expectación, pero fue más incluso que la esperada.

Para finalizar, que sabemos que ha sido un día muy largo. ¿Qué tal se encuentran a día de hoy en este museo?

Es un poco agobiante a veces –reconoce el soldado, abajo, sujetando con fervor su espada rota-, incluso para una pintura tan acostumbrada a las multitudes como nosotras. A veces envidiamos a las salas vacías, cómo los visitantes pasan rápido por delante de las obras sin prestar mucha atención. Pero luego somos conscientes de que muchas de estas personas han hecho un esfuerzo para vernos aquí, así que intentamos seguir lo más estoicos que podemos. Aún así los años no pasan el balde,  nuestra tela está débil, deshilachada por algunas partes y el óleo muy carcomido de tanto y tanto viaje a lo largo de los años. Es por eso que no nos moveremos de aquí el resto de tiempo que nos quede. Aguantaremos, para todo el que quiera venir a visitarnos.

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Durante el año 2013, el Museo Reina Sofía tuvo 3,3 millones de visitantes, lo que quiere decir que más de tres millones de personas posaron seguramente sus ojos sobre esta obra maestra.  Impone por ello hablar con figuras de esta relevancia histórica sin igual, ayudado por el eco del museo, ya vacío a estas horas de la noche.

Nos despedimos después de la entrevista, dejándoles descansar del día largo de hoy. Pasamos por las salas contiguas, prometiendo a las  demás obras volver más adelante para poder hablar con todas ellas, que forman parte de esta gran familia de arte. Los ideogramas de Miró nos miran lánguidos flotando en su composición constelar, sentimos que la hermana de Dalí, Ana María, está a punto de darse la vuelta y dejar de mirar por la ventana por un momento, las figuras de Maruja Mallo en La Verbena tocan trompetas de fiesta a nuestra salida y un móvil de Calder nos acaricia el pelo con suavidad al cruzar la puerta. Nos vamos satisfechos, pero con esa sensación de que aún hay algo inacabado. Poner voz a todas esas obras que están deseando contar su parte de la historia, que la obra de arte por primera vez, deje de ser contemplada para poder ser escuchada.

En realidad, sólo hay que prestarles atención.

Volveremos.

.. Las fotografías sacadas de Google. Excepto esa tan bonita en blanco y negro que es mía .. 

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4 responses to “Reportaje: MNCARS. Otras Voces.

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