El abrigo

Estaba recabando documentación e información en El Cultural sobre los dimes y diretes de ARCO, y de pronto vi a la derecha una pequeña columna sobre microrrelatos y pinché, encontrándome decenas de mini -muy mini- relatos sobre el abrigo. Y pensé en abrigos físicos, y en abrigos sentimentales e incluso en el abrigo de una montaña en plena tormenta. Y luego me vino la mente aquí, a un relato-reto que escribí hace tiempo. (Aquí no tengo sección de relatos porque quería hacer de este blog algo más profesional que personal, pero un aviso y una etiqueta serán suficientes).

Explico lo de relato-reto. Vosotros ponéis una foto, yo pongo la historia. De hecho, si a alguien le apetece, estoy dispuesta a jugar otra vez. Pero copio y pego el de aquel momento.

simplementetu

“¿Recuerdas aquella figurita que nos regalaron en la panadería de París? La que parecía ser un duende con un trébol de cuatro hojas y tú te reías porque decías que aquello era más apropiado de Irlanda y que ya nos podían haber regalado una torre Eiffel. La pusimos en el estante de la entrada, aquel con el que nos tiramos una tarde entera porque en vez de un tabique parecía que estuviésemos taladrando en una cueva de piedra maciza. Era bastante kitch y te reíste cuando la puse en aquel estante a la vista de todo el mundo, bromeando sobre si deberías regalarme a juego una campesina de Lladró. Era feliz. Éramos tú y yo y aquel duende parisino.

Se cayó hace una semana. Fui a salir de casa con el abrigo, ya sabes, ese con la capucha tan grande para la lluvia, y lo tiré. Por un momento ni siquiera recordé qué podía haberse caído cuando oí el ruido detrás de mi espalda. Y luego lo vi. Partido en tres y descascarillado por el tronco. El trébol había desaparecido, le faltaba una pierna y uno de los brazos. Aún conservaba la cabeza. Antes de que pudiese ser consciente de lo que estaba haciendo, empecé a buscar un pegamento como loca para unir los trozos. Como si fuese un cadáver y quisiese revivirlo antes de que se quedase frío y ya no hubiese vuelta atrás. Como si pudiese revivirte a ti, amor mío.

Ni siquiera fui consciente de que había estado llorando desde que lo vi en el suelo, acostumbrada como estoy a sentir mis lágrimas por el rostro. Pero fui capaz de reunir todas las piezas y pegarlo. Me quedé toda la tarde contemplando aquella figurilla hortera y ahora también tullida. Reflexionando, ya sabes. Sobre todo. Sobre lo que aún me cuesta nombrar.

He guardado al duende en un cajón. Sé que de ahí no saldrá y sus magulladuras no me recordarán todos los días que hubo un breve instante en el que me olvidé de ti.

Ahora somos el duende y yo. Y me siento sola.”

Y aquí el concurso, por si sois duchos en escribir en 140 caracteres una historia. Captura de pantalla 2015-01-20 a las 00.37.57

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