IVAM: Complemento de una visita.

Me he dado cuenta de una cosa, “nadie va a querer que escribas para ellos si de la forma que tú escribes puede hacerlo cualquier otro”. Y es que no hay cosa más importante en este mundo que diferenciarse del resto, lo justo, ¿eh? Que la exacerbada diferenciación puede llevar a la exclusión y eso tampoco queremos. Es que estaba leyendo mi entrada anterior, la del IVAM, y me pareció otra entrada aburrida más de he estado aquí, he visto esto, introduzco un poco de historia que podéis encontrar en cualquier página de internet, y os cuento un par de curiosidades. Eso sí, con su negrita y sus palabras clave y sus links a finales de párrafo -bueno esto último me lo salto un poco, porque al fin y al cabo es mi blog y lo hago como quiero, a pesar de conocer las normas.- SeoRebelde me hago llamar.

Y es que yo señores, también sé escribir de otra forma, lo justo entre la diferencia y la exclusión social. Así que aquí va mi relato de cómo me perdí un día de playa para ir al IVAM, porque me había dado mucho el sol el día anterior, y los anteriores -que este verano a falta de trabajar he decidido que me pongo morena- y de cómo un señor jubilado me abrió los tornos del metro para poder salir, porque soy de Madrid y de Madrid al cielo, pero fui parda en el metro de valencia y casi me quedo a vivir en el submundo valenciano, sin paella, sin playa y sin aprender idioma nuevo, porque señores, no he escuchado valenciano en Valencia. Qué poca seriedad.

Y el asunto es que estaba yo en una estación de un lugar que mis amigas definen como “el Móstoles de Valencia” y que como no tiene playa debe pertenecer efectivamente, a la costa marrón (Fuenlabrada, Móstoles y Alcorcón), lo que conlleva un viaje de 3,10€ hasta el centro -una barbarité, he de concretar- y que como es costa marrón carece de tornos en los que pasar el billete -de tamaño como la Oyster de Londres, o el billete de Barcelona- pero con más dibujos y colorines. Supongo que de ahí el precio del billete, hay que pagar la tinta.

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Billete ejemplo. El mío está en la basura.

Pero me pierdo en el relato. No había tornos, así que compré el billete pero no “piqué”, y cuando fui a salir del metro estaba “caducado”. Y al ser una estación en el quinto pino -que no lo he dicho pero ahí se encuentra el IVAM- no había nadie a quien recurrir. Pensé en colarme detrás de alguien, pero los no perdidos habían salido ya. Pensé en esperar al próximo metro y colarme detrás de los nuevos ‘alguien’, pero el metro de Valencia, no vuela, sino que pasa cada 20 minutos. Pensé en saltar. Sí, lo pensé. Pero señores, había pagado 3,10€ por un trayecto de 20 minutos, merezco como mínimo pasar por los tornos como una señorita adinerada, no como un miembro del movimiento “Yo no pago”. Así que esperé, di vueltas poniendo mi cara de “necesito ayuda señores de las cámaras de vigilancia”, pero nadie fue a socorrerme, hasta que “oh, galante jubilado valenciano ciudadano del quinto pino” pasó por los tornos y me vio, con mi cara de dama en apuros -que es muy útil en estos casos- y me preguntó si necesitaba ayuda. “Sí, joven galán” -dije para ganármelo. “Yo la rescataré señorita” dijo él para ganarme. A lo mejor no fue exactamente así, pero el resultado es que yo ya estaba fuera y más feliz que una perdiz, bajo el sol abrasador del mediodía -la aventura me llevó más tiempo del esperado- y convenciéndome de que ese sol era menos sol que el que hubiese tenido bajo la sombrilla de la playa. Porque como ya he dicho, quería de sol lo justito.

El IVAM lo encontré bien, porque donde va mi GPS voy yo, así que mi nulo sentido de la orientación pudo descansar un rato más. Y allí estaba yo -tras diez minutos andando- frente a ese magnífico edificio con -oh dios sí- aire acondicionado dentro. Lo primero que hice fue pasar gratis -ventajas del historiador del arte parado, museos gratis- aunque vale 2€ y merece la pena ese pequeño precio. Lo segundo que hice fue vaciar mi vejiga, que esto nunca se cuenta en las historias pero a mí en esta me parece fundamental, para que sepáis que ya no había nada más entre el arte y yo. Bueno, excepto la librería, que no pude esperar al final para visitarla y caí en una primera compra irracional y más barata que el metro de Valencia.

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Sobre ese concepto que me obsesiona tanto como es el de la representación. Fragmentos como este -aún no lo he leído entero- en el interior: “El giro moderno no logra desmontar el juego de la representación pero lo reformula, enfatizando su dimensión estética, auto-reflexiva, en detrimento de la referencial: la realidad importa, sí, pero sólo en registro de lenguaje; en cuanto tramitada por la forma”.

Y luego me encontré con las exposiciones, que aquí sí sirve lo que acabo de escribir sobre ellas. La parte “seria” aunque mi vocabulario se aleje unas cuantas millas de un lenguaje técnico quizás altamente recomendable. Julio González me gustó. Algunas de sus esculturas de mujeres encerraban una quietud y una calma que solo se consigue cuando las obras tienen alma. La museografía como dije, más que correcta, simple, directa. Pasaría desapercibida por completo si yo no me hubiese fijado en ella. Las luces y las sombras creaban otra dimensión, jugaban, se retaban, compartían espacio y a la vez se encontraban lejanas, como presencias de mundos paralelos.

Hablé con el librero -quién me recomendó comprar catálogos por internet para no cargar con ellos-, hablé con algunos de seguridad -que me recomendaron amablemente hacer fotos panorámicas- en mi afán por encontrar una foto chula que enviar al concurso de Instagram, y me faltó hablar con las paredes, que casi casi, aunque luego no contestan y es un poco frustrante. Las exposiciones duran un año, lo que da una nueva dimensión a la palabra “temporal”, los auxiliares parecían no pertenecer a Eulen y me creé un mundo donde el mundo de la cultura no es altamente precaria. Después vi la biblioteca y estuve a punto de entrar, pero me recordé que esa misma tarde volvía a Madrid y tenía que ir a Móstoles (de Valencia) a hacer la maleta, y tenía que comer, y que comprar fartons para no comer con horchata porque la horchata ni de Chufi me gusta.

Y acabé comprando agua de Valencia, y otro valenciano muy amable me ayudó a encontrar la catedral -aunque al no estar encerrada bajo tierra me pareció menos galán que el primero- y acabé mi último día en Valencia sin playa, pero con más moreno, con más libros y con más cultura.

Y de nuevo me he saltado las reglas en cuanto a número de palabras. Que la SeoRebeldía os acompañe.

Rincones valencianos.

Rincones valencianos.

@CbgArt.

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