De sabores.

Una pequeña algarabía de gritos entusiasmados y saltitos de liliputienses inquietos se arremolinaron a su alrededor en cuanto sacó el cartel de helados del carrito para helados. Qué más podría sacar, ¿no?. Pleno verano, la plaza llena, las fuentes remojando a los viandantes y un ambiente torpe y pausado por los 35 grados a la sombra. Cuarenta grados al sol, por cierto. Cuarenta y cinco según su propio termómetro corporal. El centro de la plaza es el único sitio visible para todos los locos transeúntes que no saben que estar encerrado en casa con aire acondicionado es mejor que respirar el aire viciado por los rayos de sol del exterior. Sólo un loco se pondría además a pleno sol. Un loco con un carrito de helados, para ser precisos.

Debería llevar un cartel de lencería ligera. Sí. En vez del cartel de los helados. Con chicas despampanantes que le alegrasen la vista durante el trabajo. La lencería ligera es, al fin y al cabo, una prenda fresca relacionada con sofocos y calores y aunque las prendas no sean exclusivamente veraniegas, los síntomas que causan son muy parecidos a los que causa el mes de julio. Sería una buena idea. Ya ve el eslogan: “Sofocones gustosos veraniegos”, pero muy posiblemente necesitaría otro tipo de permiso y ya le costó bastante sacarse el de venta de comida ambulante.

Buenos días. Sí. Venta ambulante. Sí. Espere. No. Firme aquí. Espere dos meses más. Aquí no tenía que firmar. Un mes más por las molestias. No, es la siguiente ventanilla. Espere que le doy cita de nuevo. Le faltan tres papeles, un aval y el cese por tiempo ilimitado de su primogénito cuando lo tenga. ¿De qué los hace de limón? Me hubiese venido bien uno de ellos este verano. ¿Por qué pide una autorización de venta de helados en noviembre?

De limón, de fresa, de chocolate, de melocotón, de frutas del bosque, de menta con chips de chocolate, y de pistacho: “Solamente apto para los más valientes, ya que los trocitos de pistachos pueden quedarse entre sus dientes”. No, en realidad nunca utilizó ese eslogan, al fin y al cabo está allí para vender y ya resulta demasiado poco atractivo a las chicas de sus edad.

Los helados engordan. Eso lo come mi hermana pequeña. Ah, que no tienes un coche, que tienes un carrito.

Vale. Quizás llevan razón cuando le dicen que ha estado demasiado quisquilloso últimamente, que sólo sabe quejarse. Y vale, quizás no le costó tanto conseguir el permiso como generalmente cuenta, pero es que tiene un moreno de piel a trozos y aún no ha adivinado de qué forma tocar el dinero con que le pagan sin tocar con esas mismas manos los helados que se supone no deben rozar nada lleno de microbios. Al principio se ponía un guante en una mano, pero acababa tocando el dinero también con él. Luego compró gel desinfectante, pero tardaba demasiado en servir en horas punta. Al final reza para que nadie le denuncie por insalubre y les recuerda que sus productos son su única salvación ante el ataque del sol y la calima.

Le pareció una buena idea cuando su tío se lo sugirió. Trabajo fácil para estudiantes. Receta casera. Dinero en el bolsillo. Y eso no es algo que un veinteañero pueda rechazar. Lo del dinero sobre todo. Sólo lleva una semana trabajando pero se pregunta si las pegas burocráticas no eran una señal divina de abandono.

Una niña con dos coletas aparece de pronto en su campo de visión. Lleva unas monedas en la mano y un entusiasmo tan palpable que casi la eleva por encima de su estatura en cada respingo. Le faltan los dos paletos entre otros dientes, pero la falta de vergüenza de la edad hace que sonría de oreja a oreja sin pudor.

– Uno de piztacho, pod favoz- Vaya, una valiente. Piensa. – Una valiente – Dice. La niña se sonroja y en cuanto el helado llega a sus manos lo prueba, cerrando los ojos, saboreando lentamente.

– Señoz, hace ustez miz helados favoditos- Y jamás reconocerá que de repente le gusta su trabajo veraniego y que siente una punzada de orgullo. Los de pistacho son los más difíciles de hacer.

Que su único piropo del verano venga de una niña en busca del Ratoncito Pérez le tendría que resultar triste, pero es mejor que nada y se agacha a su altura para recibir el dinero. Sabe que debe avisarla, por su bien.

– Cuidado con los trocitos de pistacho, se pueden quedar entre tus dientes- Los ojos de la pequeña se abren como platos y sonríe abiertamente mientras ladea la cabeza.

– ¡Zi cazi no tengo!- y acompaña su respuesta con un leve taconeo sobre el hirviente asfalto. Su madre le apremia bajo el resguardo de una sombra lejana y ella se va corriendo, haciendo peligrar seriamente la ya vida breve de una bola de helado bajo el sol.

Se queda pensativo mientras mira cómo la familia sigue su camino. Turistas, casi seguro. Su móvil vibra en el bolsillo y siente la necesidad de tomarse un descanso. Antes de esconderse bajo la sombra de los árboles se hace un selfie junto a su lugar de trabajo veraniego. La foto muestra una línea blanquecina muy cerca del moreno de su brazo, justo al ras de la camiseta, un cartel de helados descoloridos y un parque a su espalda con demasiado sol.

#veranito #aplenosol #morenoqueflipas #enverano #livinglavidaloca

Y luego dicen que no es positivo.

Además, tiene en mente un helado de Coca-Cola con el que puede arrasar.

Al fin y al cabo el verano no ha hecho más que empezar. ¿No?. Vete a saber qué le espera.

FIN.

#relatosdeverano

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